Nadie está obligado a compartir los datos. Pero si decide hacerlo y los datos son sensibles debería poder intercambiarlos de forma fiable y con garantías sobre la protección de los mismos.  

La Unión Europea es líder en materia de derechos del ciudadano digital y está uniendo múltiples esfuerzos para proveer a empresas y ciudadanos las herramientas adecuadas para mantener el control sobre sus datos, así como generar confianza en que los datos se traten de conformidad con los valores europeos y los derechos fundamentales. El Derecho al Control del Dato, o Derecho al Control de los Datos Propios, es un derecho fundamental que está presente en cualquier propuesta de Carta de Derechos Digitales. Dentro del movimiento TecnoHumanista es fundamental y entendemos que los datos nos pertenecen, es un principio que debe ser reforzado con una base jurídica fuerte que nos proteja.

La UE quiere recuperar el control de sus propios datos frente al poder creciente de las grandes plataformas digitales de Estados Unidos. La Comisión Europea propuso el pasado 25 de noviembre un reglamento sobre la gobernanza de los datos cuyo objetivo es crear un auténtico mercado europeo de datos del sector público y las empresas, eliminando las barreras que ahora frenan los intercambios entre los Estados miembros. La nueva norma pretende facilitar el aprovechamiento de estos datos para el desarrollo de aplicaciones en sectores como movilidad, sanidad, energía o agricultura. La cantidad de datos generados por los organismos públicos, las empresas y los ciudadanos aumenta constantemente y se prevé que se quintuplicará entre 2018 y 2025.

Esta normativa de la identidad digital y la salvaguarda de los datos debe estar respaldada por una educación cívica que permita a los individuos conocer los riesgos del medio digital y su naturaleza intrínseca de expansión de la información para multiplicarla exponencialmente en función del interés subjetivo que terceras personas pueden mostrar por ella.

De este modo, las personas han de educarse digitalmente y entender que esta conversación fluida a través de Internet puede crear una huella permanente debido al interés de terceros que ven el contenido como puro entretenimiento, ya sea una fotografía, un comentario o un relato de unos determinados sucesos. Las personas pierden el control sobre una información que puede ser almacenada por cualquiera y que pueden volver a publicarse en la Red en un momento posterior y desde otras localizaciones geográficas. De esta forma, la mejor protección de la privacidad comienza por la consciencia propia por no exhibirse gratuitamente y entender la enorme importancia de diferenciar el espacio-tiempo real dentro del cual transcurren las relaciones humanas, de aquel otro espacio virtual en el que el uso de cualquier dato, imagen o información que se ofrece puede acabar en destinos no deseados.

Hay que reconocer el derecho a cancelar datos e informaciones pasadas que pueden constituir en otro momento de la vida un perjuicio, aunque no se puede reclamar que las referencias y reenvíos que haya tenido la información pueda ser del todo eliminado, ya que podría ocurrir que dicha información reapareciera a pesar de haber sido cancelada a petición del autor original. Son prácticas difusas enmarcadas en contextos sociales que no están claramente delimitados, circunstancia que justificaría la abstención de interferencias con la libertad individual de elección y acción en el ámbito de Internet. Es más coherente tratar que las personas aprendan a conocer las características del medio digital y entiendan lo difícil que resulta transitarlo y salvaguardar de forma segura la privacidad y la intimidad. Es decir, resulta muy complicado actuar sobre la tutela de la privacidad a posteriori, una vez que el propio individuo ha publicado inconscientemente cuestiones sobre su vida que pueden ser comprometedoras en una etapa futura.

Es necesaria una especial defensa de nuestros derechos ante el reto que nos plantean las nuevas tecnologías en la que datos y algoritmos han pasado a condicionar nuestras vidas, ya que son imprescindibles para establecer medidas de contención de pandemias y otros acontecimientos no deseables en un escenario de nueva normalidad.

Un uso adecuado y transparente de los datos personales puede derivar en beneficios generales en la sociedad y se puede ver reflejado en una mejor oferta de bienes y servicios, e incluso, puede llegar a convertirse en una herramienta para frenar la propagación de un virus de alcance global. Sin embargo, un mal uso de la información conlleva un riesgo que deriva en una mayor exposición y vulnerabilidad de los ciudadanos, pudiendo resultar en una transgresión de sus derechos fundamentales. Es por lo que uno de los derechos fundamentales de esta nueva edad digital en la vivimos ha de ser el Derecho al Control del Dato, ya que a pesar de todos los pros y los contras, en última instancia, nuestros datos nos pertenecen.

Ejemplo de una mala praxis en la gestión de datos fue el escándalo de Facebook que salió a la luz en 2018. Cambridge Analytica, empresa de consultoría e investigación de consumo, publicidad y otros servicios relacionados con la distribución de datos para el uso de clientes corporativos y políticos, fue contratada por el equipo de la campaña de Donald Trump. Una de las estrategias electorales consistió en el desarrollo de aplicaciones desde las que se recopilaba una serie de datos personales mediante encuestas de Facebook, consiguiendo transferir, ilegalmente y sin permiso de sus usuarios, millones de datos personales y políticos a dicha consultora.

Se estima que fueron robados en torno a cincuenta millones de datos. Con esta información extraída, la consultora británica logró diseñar un sistema de Inteligencia Artificial que predecía la intención de voto, lo que facilitaba la influencia por parte de la campaña de Trump en el electorado estadounidense. Para diferentes expertos en análisis electoral, esta estrategia política fue decisiva en las elecciones presidenciales de Estados Unidos para dar la victoria al recien salido ex-presidente.

Los algoritmos son hoy la esencia del poder. Lo que se traduce en la clave del control político, social y económico. El dominio de estas técnicas matemáticas dividirá el mundo entre aquellos capaces de imponer sus criterios y los que estén dominados por los primeros. Las nuevas tecnologías basadas en el dominio de los algoritmos abrirán una brecha entre las personas y entre los países cambiando los conceptos que hoy conocemos como riqueza y pobreza.

¿Qué son los algoritmos exactamente? ¿Cómo se construyen? ¿En qué basan su poder para obligar a las personas a decidir incluso aquello que no les conviene? La Inteligencia Artificial se desarrolla a partir de algoritmos, que usan capacidades matemáticas de aprendizaje, y de los datos que hacen falta para entrenar estos algoritmos. Los datos normalmente son observables, disponibles públicamente o generados en algunas empresas y los algoritmos operan sobre esos datos para aprender a partir de ellos. En suma, se trata de mecanismos matemáticos que tratan de garantizar la solución de un problema concreto en un determinado tiempo, determinando el contenido y la secuencia de una serie de acciones capaces de transformar unos datos iniciales en el resultado deseado.

Se abre así una nueva época de impactos desconocidos, aunque los menos dotados, los que tengan menores conocimientos o aquellos que realizan tareas repetitivas, serán sin ninguna duda sustituidos por máquinas en las que los algoritmos serán el instrumento fundamental de su funcionamiento. Un poder que conjugará enormes capacidades tecnológicas con potentes mecanismos capaces de analizar matemáticamente millones de datos por segundo en un mundo que, como relata Harari en Homo Deus, dará origen a una “clase inútil”: un nuevo grupo humano que estará fuera de la comprensión de las nuevas máquinas. Una suerte de personas “superfluas”, que quedarán apartadas del camino y solo serán el objeto de manipulación de las nuevas clases tecnológicamente dominantes, las tecnoélites. Una nueva sociedad en la que unos pocos acabarán por dominar a la mayoría.

Esta posible distopía ha de ser profundamente reflexionada y debemos evitarla con total y absoluta convicción. Por eso y más que nunca debemos entender que esta máquina se alimenta de nuestros datos, y sin ellos, no funcionará, por lo que establecer un Derecho Fundamental sobre el Control del Dato Personal será uno los pilares básicos del Segundo Renacimiento, donde realmente haya una inclusión total de todos los individuos y la tecnología sea una herramienta al servicio de la ciudadanía.